Autoestima y amor propio: aprender a quererse sin condiciones
Nos enseñaron a ser amables con los demás, pero pocas veces a serlo con nosotros mismos. Crecimos escuchando que el amor propio podía ser egoísmo, cuando en realidad es la base de todo lo que somos. La autoestima no es un lujo, es una necesidad emocional: es el espejo que refleja cómo nos tratamos cuando nadie nos ve.
El amor propio empieza en los pequeños actos, no en los grandes discursos. Está en dormir lo suficiente, en poner límites, en decir “no” cuando algo nos lastima. Está en mirarnos sin juicio, en reconocer nuestros errores sin convertirlos en castigos. Quererse no significa creerse perfecto, sino aceptarse con todo lo que somos — incluso con las partes que no siempre nos gustan.
Muchas veces buscamos fuera lo que solo puede nacer dentro. Esperamos que alguien nos haga sentir valiosos, que el trabajo nos dé reconocimiento, que las redes nos validen. Pero la autoestima real no depende de aplausos ni de aprobación. Es silenciosa, firme y constante. Es saber que mereces respeto, incluso cuando nadie lo dice en voz alta.
El amor propio también se trata de perdonarnos. Todos fallamos, todos tenemos momentos de duda o debilidad. Pero seguir castigándonos no nos hace mejores, solo más cansados. La verdadera fuerza está en aprender de lo vivido sin dejar que eso defina quién somos. La empatía empieza en uno mismo.
Cuidar la autoestima no es vanidad, es salud emocional. Es entender que la relación más larga de tu vida será contigo mismo. Si te hablas con cariño, si te das espacio para descansar, si te tratas con respeto, la vida empieza a sentirse más ligera. El amor propio no se construye de un día para otro, pero cada pequeño gesto es una semilla que crece.
Porque al final, quererse no es mirarse al espejo y decir “soy perfecto”. Es mirarse con ternura y pensar: “aunque no lo sea, sigo siendo suficiente”.